Megalomanía.

Primer caso
El no es un tipo moderno, claramente que su moda de Sheriff del lejano oeste lo remarca. El no mastica chicle, no come caramelos, no usa zapatillas deportivas. No juega con sus hijos, no los educa, y los castiga asotandolos con el psicopateo barato, remitente de siglos pasados en relaciones de padres e hijos. El no ríe, no mira más allá de lo que sus narices pueden. No escucha. Sólo habla. Se enajena en su propio mundo donde el ácido estomacal se mezcla con el saber de todo hombre, y el sexo lo hace sentir superior. No el coito, su sexo, el de macho Alfa. No permite que nadie hable cuando está tratando de contemplarse a sí mismo; simplemente se contempla porque nadie más es lo suficientemente desagradable para contemplarlo. El insiste en que su palabra, por más tonta que sea, es aquel superpoder que todo hombre humano tiene. Su palabra me disgusta tanto como el bigote que tiene juntando el polvo de su vejez. Juzga, porque eso lo salvará de la decadencia de su malestar, donde los errores de un pasado triunfante se vengan en las lastimaduras que su psiquis le provoca en la manta de piel. Por más que tratase, las marcas no se borran de un día para el otro, y si existe algo en el mundo que lo fastidia, lo ahoga, lo vence, a este megalómano dictador, es que su anecdotario vuelva siempre la vista atrás, y su pasado sea su único y cruel presente, del que no puede zafarse.