Tres monos sentados en una mesa.
Uno tonto, otro inútil,
el último inerte.
Todos en una misma punta de ella,
se codeaban y me miraban.
No entendía porqué los tres por igual
vestían trajes de etiquetas,
galeras de terciopelo,
y porqué me hallaba allí sentada,
compartiendo ellos su banquete
tan elegante...conmigo.
Y para deleitarme en esa noche fluctuada
me otorgaron,
casi con violencia,
una pequeña pieza musical.
Cuerdas de violín
se cortaban resonando por el aire
al quebrarse.
Y una melodía tan agria
como interesante.
Dualidad incógnita.
Se sentaron luego,
cambiaron sus posiciones,
y me encandilaron
los cubiertos de plata
que arrojaban hacia esta punta de la mesa.
Los arabescos de las cortinas
y las copas de vino que por cortesía bebía
habían creado en mí algo monstruoso.
Animalización.
Entre bocanadas de aire
y el gluckgluck del
contacto del vino con mi garganta,
los mareos,
mi transición,
me vistieron de muñeca.
Me tomaron por los brazos,
y cuidadosamente,
abrieron una caja
hecha de remiendos de metal abarrotados,
en el fondo del salón.
Y allí yací dormida un tiempo,
despertándome con sus alaridos
de humanos idiotas,
obligándome a hacer monerías.