Moscas en lo putrefacto.
Una de ellas se posa en el ojo
de aquel pichón de ave caído del nido.
El sol combustiona las partículas
que una vez habían sido piel, ahora hecho carroña.

Nacen pequeñas larvas de un cuerpo tibio,
comen las vísceras de un cuerpo intacto,
y el viento corrompe las plumas que pierden su rumbo,
escapandose de la piel del animalillo torpe.

Se perfora la carne violeta,
con la saña de los carroñeros.
Se goza entre la podredumbre.
La piel se funde con la suciedad del olvido,
desvaneciendo la imagen de una vida corta.

Y con la congruente malicia,
cae otra futura muerte prematura,
amortiguando su fin,
en carnes de su hermano muerto.