CXI

Me convierto en invierno
encerrada en los almohadones del sillón.
Me seco la transpiración
en el hombro de la remera.
Hace días que no duermo,
no parpadeo,
hace noches que no despierto.
Se me hace tan insulso reír estos días.
La gente que ríe no ríe por ser feliz,
sino no cansarían sus músculos
en algo tan lastimoso
como mostrar los dientes.

Me queman los témpanos
en los que estoy nadando.
Se muere mi sensibilidad,
se muere entre mis brazos,
como quien no quiere la cosa.

Ver las ventanas cerradas
es congelar la atmósfera
que huele a propio desinterés.
Desinterés de cualquier persona en el mundo,
me siento muy a gusto
siendo un punto flotando,
una hormiga en el cosmos.
Y no saber de lo que me rodea
me evita pensar
en lo que me debería preocupar;
no debería pensar
para tratar de no sucumbir
en las aristas de una soledad
tan molesta como fracasada.

Sigo sin encontrar el talento
de desvanecerme en átomos de polvo.

Y el aire a silencios desafinados
hace que me pregunte cosas absurdas
sobre el hecho mismo
de robarle una estación al año
para disfrazarme de estatua.
¿Debería perecer el frío
de vivir del lado del planeta
que no recibe calor solar?
No sería capaz de hacer florecer pimpollos
entre sismos de hojas secas.
¿Y si el otoño me evitase,
transformándose en primavera,
serías capaz de seguirme amando
aún cuando las hojas
caen muertas de abismos desiertos?
¿O preferirías desaparecer
entre las gotas de rocío
dejándome marchitar
al despertar y no verte,
dejándome marchitar
como rosas descongelándose
después de una helada?