Suelo meter la cabeza en el horno, pero me arrepiento y busco otras maneras más creativas de llevarme siempre hasta el abismo de las cosas. Y siempre digo lo mismo, "no lo vuelvo a hacer". Para mis adentros, me convenzo a mí misma que esta vez, al menos una puntita del hilo va a estar sin deshilacharse. Y fracaso. Fracaso en el remordimiento de que no me gustan los cambios, de no todos son para mejor, y algunos me estancan más en el fango de la duda. No entiendo bien todavía la mecánica de meter los dedos en el enchufe cada vez que me ahoga un problema, y ando con los pies descalzos en los pisos inundados de mi delirio. Supongo yo que es mi forma de solucionar los problemas en mi cabeza, o en cualquier parte del cuerpo. Es como nadar en inmensos témpanos, helándote la piel, haciendote sentir nada, nada en lo absoluto. A veces es mejor ser así.
